Banquete de tiranos
CARLOS RIPOLL
CARLOS RIPOLL
El título de este
trabajo es el de unos versos de José Martí, de sus ''Flores del destierro''.
Con la definición clásica, para Martí el tirano es el gobernante que abusa
del poder, oprime al gobernado e impone cruel su voluntad. El poema imagina
un convite de tiranos, seres obstinados, vanidosos y animalescos: Hay
una raza vil de hombres tenaces / De sí propios inflados, y hechos todos, /
Todos del pelo al pie, de garra y diente. Para ellos pide Martí el
castigo mayor: Clávalos, clávalos / En el horcón más alto del camino /
Por la mitad de la villana frente.
En el pasado mes de mayo hubo en Miami una especie de ''banquete de
tiranos''. En dos periódicos con un noble historial de lucha por la libertad
de Cuba, el Diario las Américas y El Nuevo Herald, se publicaron
escritos apologéticos sobre los tiranos Gerardo Machado y Fulgencio Batista.
El 20 de mayo, en la fecha nacional de Cuba, como ''publicidad'', apareció
en el Diario un artículo de tres páginas, que firma José A.
Mijares, y es una justificación de los abusos y crímenes de Machado. Dice
que siempre obedeció las leyes y que fue la oposición quien inició la
violencia. Ante afirmaciones como ésas no hay que recurrir a la seria
bibliografía que lo desmiente. Sobre cómo llegó al poder, su mentido amor a
Cuba y sus crímenes, bastan aquí las declaraciones que hizo en el Canadá, a
los tres meses de su fuga, publicadas en la revista Bohemia:
''Cuando en los principios de mi campaña presidencial vi el entusiasmo con
que el pueblo recibía en todas partes a mi ilustre adversario, el general
Menocal, tentado estuve de renunciar la política, mas en el momento crítico
la mano poderosa de Laureano Falla Gutiérrez vino a mi ayuda, y Clemente
Vázquez Bello distribuyó el dinero de manera definitiva para ganar unas
elecciones en que el voto popular espontáneo nada decidió. Gané, pues, por
dinero, y dinero español, luego nada tengo que agradecerle a Cuba''. Y
agrega: ``Soy partidario decidido de los pueblos militaristas. Yo quise una
Cuba libre, feliz y contenta. Por ese ideal llegué hasta la dictadura, y
cometí el error fundamental de no haber eliminado más gente de lo que
hice''.
Imitando a su admirado Benito Mussolini, Machado hizo grandes
construcciones, pero ni toda la piedra del Capitolio ni el asfalto de la
Carretera Central logran cubrir la sangre que por su soberbia derramó Cuba.
Pero su daño mayor fue dejar a buena parte del pueblo, en particular a la
juventud, aturdida y furiosa, por lo que se le abrieron las puertas al
tirano que atormentaría a Cuba a partir de 1933, a Fulgencio Batista.
También éste dejó un reguero de sangre, desde la masacre del Hotel Nacional,
a principios de su mando, hasta los asesinatos que se cometieron a partir
del golpe de Estado de 1952.
Así como Batista se lo debieron los cubanos a Machado, la tiranía de Fidel
Castro es hija de Batista, y es de lamentar que un artículo publicado en El
Nuevo Herald, en páginas enteras y profusión de fotos amables, de espaldas a
la historia, ofrezca una cándida evocación de Batista. Se basa en unas cajas
de documentos que, coincidente con una anónima y misteriosa donación de un
millón y medio de dólares, le donó su familia a la biblioteca de la
Universidad de Miami. El Herald anunció el 9 de mayo que iba a abordar
''aspectos desconocidos'' de la trayectoria de Batista ``a partir de una
indagación en cartas suyas que forman parte de la Colección Herencia Cubana
de la Universidad de Miami''.
De esas cajas no puede salir más que su apología, pues con respetable
propósito, durante muchos años, pudo la familia escudriñar en ellas y
suprimir lo necesario para que no se escaparan nuevos testimonios de sus
fechorías. El día 11 apareció en El Herald el artículo titulado Cuba, la
utopía errante donde con mayor ingenuidad dice su autora, Ivette Leyva
Martínez, quien revisó las cajas, que ''el cuidado y el orden de los
papeles'' se explica porque Batista era ''un hombre con profundo sentido de
la historia''; ni entendió por qué ''en decenas de cartas y documentos
consultados, Batista eludió referirse al momento más controversial de su
carrera política, el golpe de Estado de 1952''; y aun con evidente
arbitrariedad cita sólo juicios favorables: allí se dice ''que uno de los
mitos de la revolución es que Batista fue un demonio'', pero que ''su mente
era muy sutil'' por lo que se le debería ver ''con ojos más históricos y
menos apasionados''; otro de los juicios, por cierto ridículo, ensalza a
Batista porque ''se enamora de su [sic] mujer después de
atropellarla mientras ella paseaba''; y aún se llega en alguno a afirmar que
''Batista hizo mucho bien a su país y vivió un exilio digno''. Y hay en el
escrito como un sordo reproche a los Estados Unidos porque no le permitieron
entrar en el país. Al igual que Machado, Batista no era un exiliado, era un
prófugo.
No se encontrarán
tampoco, por supuesto, entre esos papeles de Batista, los estados de cuenta
del dinero que se robó de Cuba, con el que pudo pagar la protección de
Trujillo, Oliveira Salazar y Franco, en Santo Domingo, Portugal y España; y
repartir pitanzas entre cortesanos y favoritos; hacer alguna llamativa
donación y dejar millonarios a sus herederos.
Lo que menos necesita Cuba es un ''banquete de tiranos'', en el que con todo
derecho ocuparía puesto de honor el castrismo. Para lección del futuro lo
que necesita Cuba es tener presente qué y quiénes la pusieron a morir: un
museo de atrocidades; y seguir el consejo de Martí en sus versos sencillos:
¿Del tirano? Del tirano / Di todo, ¡di más!, y clava / Con furia de mano
esclava / Sobre su oprobio al tirano.